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Jesús N. GalindoMiembro desde: 06/11/18

Jesús N. Galindo

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Hace 14h

Lo peor del conflicto catalán es su enquistamiento en la sociedad civil y la influencia y apoyo logístico que, por parte de la administración, en Cataluña, se está prestando a grupos radicales

La situación política y social en Cataluña, lejos de serenarse, tiende a enquistarse, creando un escenario polarizado por la crispación, en el que los ciudadanos, sus entornos familiares y los círculos de amistad más estrechos, están padeciendo la profunda brecha que el odio y la sinrazón más injustificables han producido en una buena parte de la sociedad catalana.

Parece que estamos condenados a evocar una parte de nuestro pasado más reciente.  No hace tanto tiempo como para habernos olvidado de los años de angustia, miedo y barbarie que sufrimos en la Comunidad Vasca y que, hoy gracias a Dios, parece encajado en uno de los episodios más nefastos y tristes de nuestra historia. Un episodio que, por otra parte, tenemos que recordar para que nunca más se pueda volver a repetir.

Nunca hubiera pensado que una parte de la Cataluña que hemos conocido y que rebosaba progreso, pragmatismo y sensatez, se volvería supremacista y radical. Una actitud especialmente instalada en la burguesía catalana, que por cierto ha estado ligada a la derecha más rancia y corrupta, y que ha gobernado en esa Comunidad Autónoma, prácticamente, desde la instauración de la democracia a partir de 1976. La solución es harto difícil, pues tiene una importante componente sociológica, sobre todo cuando se constata que los retoños, descendientes de esa burguesía, son los cachorros que conforman los comandos más radicales de los CDR (denominados Equipos de Respuesta Táctica ERT-), algunos de cuyos miembros, recientemente, han sido detenidos cuando preparaban una acción con explosivos. Todos han sido educados y aleccionados convenientemente a través de las instituciones docentes que, desde hace décadas, imparten la doctrina del independentismo. Una doctrina que, desde hace décadas, ha estado debidamente conducida y financiada por los órganos de gobierno de la Generalitat de Cataluña.

Tiempo, amplitud de miras y mucho seny es lo que ahora se necesita. Hay que tomar muchas decisiones, y estas tienen que estar consensuadas por una mayoría social y política, dentro de unas normas que respeten la convivencia y el respeto por todas las tendencias y creencias políticas, y por el ordenamiento jurídico constitucional. Hay que abandonar radicalmente cualquier enfrentamiento, entre las distintas formaciones políticas, que esté producido por acontecimientos derivados del proceso de segregación. Tenemos que volver la vista atrás, y acordarnos de la Transición Española. En menos de un año, se promulgó una Constitución que nos ha durado más de cuarenta años. De momento la más longeva de nuestra historia (tras la de 1876), y que ha propiciado el periodo más próspero y fecundo de la reciente y convulsa historia de España.

Sentados alrededor de una mesa, viejos e irreconciliables representantes de distintas ideologías que hacía cuarenta años se habían enfrentado en una cruel guerra incivil, fueron capaces de aparcar sus diferencias, parangonando el ‘abrazo de Vergara’, y de promulgar nuestra Carta Magna, que fue refrendada por la inmensa mayoría de los españoles en diciembre de 1978.

Lo peor del conflicto catalán es su enquistamiento en la sociedad civil y la influencia y apoyo logístico que, por parte de los poderes independentistas instalados en los órganos de gobierno, se está prestando a grupos radicales, y que –en muchos casos- se lo están tomando como una manera de expresar su posición contra el sistema. Les da igual la independencia de Cataluña o que algunos políticos estén en chirona. Su interés está centrado en la desestabilización y en la implantación del desorden a través de la protesta, sea esta de la índole que fuere. Y cualquier motivación les es de utilidad para utilizarla como excusa para estos otros fines, que son los que verdaderamente a ellos les interesan.

Hay que cortar el grifo de la financiación de todos aquellos chiringuitos y plataformas que se han creado al amparo y para mayor gloria del independentismo, y que están siendo financiados con el dinero público que la administración catalana les suministra, con la total impunidad que les permite el ejercicio de su autonomía. Buen ejemplo de ello es el llamado CNI catalán, un órgano creado bajo el encubierto fundamento de controlar la seguridad de las telecomunicaciones de la región y que, al parecer, y según investigaciones en curso en la Audiencia Nacional, podría haber estado financiando determinado tipo de actividades delictivas, algunas de ellas de corte filo terroristas. Mientras las instituciones de donde emana el control de los fondos que maneja el Gobierno de la Generalitat esté en manos independentistas, no se podrá apagar uno de los focos más importantes de desestabilización que se está utilizando como medida de presión para la consecución de sus fines segregacionistas.

En el País Vasco, pasó algo parecido en la denominada época de los años de plomo de la banda terrorista ETA. Allí surgieron diversos grupos que alentaron y ejercieron su particular guerra al sistema a través de lo que se denominó la Kale borroca. Comandos paralelos, como Jarrai, Haika y Segi, se encargaron de hacer el trabajo sucio en la calle y de mantener la tensión en la sociedad, mientras sus mentores los adoctrinaban bajo el mantra de la independencia y de la liberación de su país. En aquella etapa fue, precisamente, el juez Garzón el que de forma valiente y determinante decidió atacar a la serpiente cortándole la cabeza, que no era otra que la financiación de todos aquellos organismos y entidades (herriko tabernas incluidas) de apoyo logístico, que hacían de soporte, financiación y logística al terrorismo de ETA.

Esa es una de las medidas urgentes que el Gobierno que salga de las recientes elecciones tendrá que tomar para atajar y controlar el conflicto catalán. Otra, sin duda, debería ser una acción más pro activa en materia de educación en los centros escolares y en las Universidades. Potenciales viveros del sentimiento independentista. Algo que, por otra parte, no sería tan pernicioso si no llevara implícito un odio y una animadversión, rayana en el supremacismo, hacia todos aquello que ellos consideran charnegos. La manipulación de la historia a través de las distintas publicaciones y material docente que se imparte en los centros de enseñanza es una de las bazas que el independentismo utiliza para lavar el cerebro de todos aquellos que quieren dejarse manejar, en aras de una Cataluña libre.

No es fácil tomar determinadas decisiones. Sobre todo, cuando estas están condicionadas por otros elementos más ligados a situaciones concretas de índole ideológico o electoral. Pero gobernar es tomar decisiones. Y el gobierno de España tiene la obligación, después de la siesta que se ha echado previa a las elecciones generales, de acometer una serie de medidas, sin temor alguno, que permitan el regreso al orden constitucional y restauren la convivencia entre los catalanes.

La inmensa mayoría de los españoles lo estamos esperando. No sucumbamos ante el supremacismo.

Jesús Norberto Galindo // Jesusn.galindo@hotmail.com

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