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Hace 3d

La libertad de expresión sólo debería tener un límite: la ley. Los hechos son sagrados, las opiniones, libres

Los medios de comunicación hasta la irrupción de los ciudadanos a través de internet, eran empresas exclusivas que se basaban en la parvedad, la penuria y el control de la información. La interactividad que hoy existe, lógicamente, hace unos años era mínima, por no decir nula.

Pero esto ha cambiado radicalmente, provocando cambios en el ámbito de la sociedad. Cambios estos, por otro lado, provocados sin duda en un contexto de crisis. Sin duda es hora de abrazar el cambio, aunque muchos profesionales puedan sentir temor.

El rol que el periodismo ciudadano juega en este nuevo sistema de comunicación es necesario y mide la realidad social auténtica que se vive en el mundo. Desde algunos sectores elitistas, a mi entender por miedo, se acusa al periodismo ciudadano de ser el causante de una crisis informativa en aumento, cuando la realidad, es más sencilla, y sus consecuencias más ricas, pues la actual situación es sólo responsabilidad de los gestores de estos medios cautivos del poder y no de las nuevas herramientas o de la participación activa de los usuarios.

La poca credibilidad de los medios, su visible parcialidad y la escasa credibilidad de las noticias falseadas, desde el punto de vista de los ciudadanos que las leemos, sumada a la democratización de las herramientas de comunicación y a la ayuda de internet nos permiten a los ciudadanos generar contenidos en igualdad de condiciones técnicas.

Esto propicia que los que antes éramos meros lectores pasivos, ahora por nuestra cuenta podamos difundir noticias informativas o líneas de opinión con otros puntos de vista más acordes a la realidad política y social que se vive desde la vanguardia del día a día del individuo en su medio, bien a través de las redes sociales o de las plataformas de colaboración informativa.

Esta tendencia suele tener características antagónicas a las tradicionales. Pasamos de la inclinación obligada, manipulada y sesgada de la información, al diálogo abierto popular y la colaboración como principio fundamental, sin los filtros tendenciosos que sólo sirven para gestionar la verdad conforme al antojo del poder mediático que gestione el medio.

Hemos roto con esa escasez de información que venía siendo dirigida por unos pocos para pasar a un exceso de información en la que todos podemos generar opinión. Es verdad que esto requiere un pensamiento crítico adecuado para separar el ruido de la información relevante, pero también es cierto que eso nos hace más competentes, más perspicaces, más despiertos e instruidos. Cosa que no gusta al poder fáctico. No existe exceso informativo, solamente hay que saber separar el trigo de la paja.

El rol que el periodismo ciudadano juega en este nuevo sistema de comunicación es necesario y mide la realidad social auténtica que se vive en el mundo

No todo es hacer artículos de opinión, está claro, el ámbito de participación es muy amplio, un simple “Me gusta” en una red social es ya una manera de participar. Esta es también una forma más de participación.

Lo que está claro, es que el fenómeno existe, y ha venido para quedarse. Está en manos de los ciudadanos la posibilidad de generar, tratar y difundir contenidos. Cada uno de nosotros somos un canal de comunicación y por eso mismo podemos acometer con toda legitimidad nuestros propios actos de periodismo. Las tecnologías de la comunicación favorecen este proceso.

Está en nuestras manos saber usarla, ofrecer a los demás una labor de vigilancia y transparencia, y este debería ser el objetivo del periodismo ciudadano, destacar la verdad en situaciones de especial agitación política y social. Los esfuerzos del pueblo, los testimonios con sus voces de opinión, sus vídeos, sus tuits y su petición de justicia y derechos no pueden ser silenciados.

El buen periodismo exige responsabilidades éticas, aunque la libertad de expresión sea un inmenso campo sin puertas. Todo el mundo puede contar qué está pasando. Pero también hay que saber explicar cómo y por qué está pasando y avalarlo con fuentes fidedignas. Esa es la responsabilidad del periodista profesional, cualidad que se está perdiendo. Un periodista que pertenece a una sociedad democrática no puede inventar noticias para vender, ni puede crearlas para destruir a nadie. Y, sin embargo, la propuesta por sí sola, como sucede hoy con el libro “El director” de David Jiménez ha levantado un eco desmedido en muchos medios y en muchos profesionales.

El periodismo, más allá de su carácter profesional o amateur, debería asegurar una comunicación que desemboque en contenidos necesarios para el funcionamiento de la información y la verdad.

La información debe ser siempre un bien público. No vale cualquier comportamiento. Un periodista que miente con descaro es como un cura que no cree en Dios, pero se escuda en su alzacuellos para convencernos a los demás de que creamos. En España tenemos a Eduardo Inda que miente más que habla (falsificando facturas para colocar titulares contra Podemos), que se ha reunido con Comisarios de policía corruptos, que se ofrece como propagandista para hacer públicas mentiras en tiempos electorales o, que permanentemente, arroja basura con el único fin de desprestigiar a Podemos. Una persona con tan pocos escrúpulos no puede ser periodista. Alguien de esta baja calaña no puede tener voz en los espacios de comunicación españoles.

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