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Lo parental entre Iglesias, el comunismo y Evo con el juez Baltazar Garzón

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21/01/2020 16:54 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Todos, buscan el mismo camino e ideal para ser populistas

El Reportero del Pueblo

Todo vuelve. El actual agravamiento de la confrontación entre derecha e izquierda ha suscitado el típico déjà vu,  como si asistiéramos al cuarto ciclo de “crispación”, que es como se conoce la polarización a la española. El primer ciclo o zona cero de crispación avant la lettrese gestó contra el presidente Suárez, precipitando su defenestración coreografiada con el golpe de Tejero. El segundo, cuando se bautizó la crispación propiamente dicha, fue enmarcado por el “¡váyase, señor González!”, grito de guerra de la conspiración ansoniana que acabó con el felipismo. El tercero estalló en 2004, tras ganar las elecciones contra pronóstico el presidente Zapatero, como voto de castigo a la gestión aznarista del 11-M. Y el cuarto se inició con el voto de censura contra el marianismo, alcanzando ahora mismo cotas de máxima tensión tras la investidura del presidente Sánchez.

Pero, además del retorno de la crispación, también se produce una clara continuidad, no solo ideológica, entre Zapatero y Sánchez, pues existe una gran similitud en las agendas estratégicas de uno y otro. En su intento por legitimarse tras su cuestionada elección, Zapatero adoptó una triple estrategia. De un lado, su agenda catalana, apoyando la negociación de un nou estatut cuasi confederal. Además, su agenda judicial, abriendo negociaciones de paz con la banda terrorista ETA. Y por fin, su agenda ciudadana, ampliando y reforzando los derechos de colectivos discriminados como mujeres, migrantes y discapacitados. Pues bien, Sánchez ha recuperado esas tres mismas agendas. La catalana en primer lugar, abriendo una mesa de diálogo con los secesionistas para redefinir el encaje del Principado en España. La judicial, a continuación, nombrando a una fiscal general destinada a desjudicializar la política. Y la agenda ciudadana, por último, abriendo un frente de lucha contra el llamado “pin parental” que la derecha reclama para blindar la dominación masculina del pater familias.

No obstante, pese a estas semejanzas, también hay claras diferencias. La principal es que Zapatero disponía de una relativa mayoría parlamentaria, que le permitía gobernar con “geometría variable” desde un gabinete monocolor, mientras que Sánchez se ve obligado a gobernar en coalición explícita con Unidas Podemos e implícita con los nacionalistas.

Pero más significativa podría resultar otra diferencia no solo caracterológica. Y es que Zapatero gobernaba sobre todo mediante el poder blando de su famoso talante buenista, mientras que Sánchez, quizás obligado por su extrema debilidad parlamentaria, intenta gobernar con el poder duro de su temeraria osadía. Y la mejor prueba es el recurso a la Fiscalía como punta de lanza: si queréis guerra, la tendréis. Así no solo logra marcar la agenda monopolizando la iniciativa, sino que además redibuja el campo de batalla, pues ahora el enemigo principal ya no es el soberanismo catalán, que perderá parte de su anterior protagonismo, sino la reaccionaria derecha iliberal española

A medida que se ha ido quebrando la hegemonía de conservadores, liberales y socialdemócratas, nuevos partidos han entrado en gobiernos. Desde los años noventa los ejemplos son numerosos: Refundación Comunista, la Liga Norte o el 5 Estrellas en Italia, el PCF francés, la Alianza de Izquierdas en Finlandia, los Verdes en Alemania, Suecia, Austria o, en este último país, la derecha radical del FPÖ. Con Unidas Podemos en España tenemos otro ejemplo y, sin duda, más vendrán.

La fragmentación parlamentaria ha hecho que cada vez más partidos jóvenes, hasta hace nada considerados outsiders,  se hayan vuelto socios de coalición. Una situación que les genera un dilema estratégico: ¿Deben hacer “oposición desde el Gobierno” para señalar a sus bases que se mantienen fieles a sus principios y no perder a sus votantes más comprometidos? ¿Deben, por el contrario, comportarse como un partido responsable desde el Ejecutivo para atraer a aquellos que no les hayan votado y mostrarse como un socio creíble de coalición? ¿Deben alternar ambas estrategias?

Normalmente estos nuevos partidos tienen que nadar contra la corriente por partida doble. De un lado, en una coalición lo normal es que el socio mayoritario tenga más prima electoral. En general el presidente es más visible y el socio junior debe ceder más en su programa, asumiendo así más incumplimientos. Del otro lado, líderes, cuadros y bases deben hacer una transición de la “cultura” de oposición a la de gobierno. Esto, al menos para aquellos partidos que vienen de la contestación, puede generar turbulencias. Con todo, no hay duda de que integrarse en el gobierno es una oportunidad. Ofrecer las políticas prometidas a tus votantes, transformar la sociedad, e incluso disponer de rentas y cargos es algo, de entrada, positivo para cualquier formación. Ahora, estos nuevos partidos también deben conjurar dos riesgos.

Una tentación de las formaciones jóvenes es llevarse todos sus pesos pesados al Ejecutivo, lo que tiene sentido para afinar la gestión, pero que implica descapitalizar el partido y dejarlo sin estructura, haciéndolo más vulnerable en el medio plazo. Si la coalición sale mal todos quedan tocados. Además, un aspecto clave es la cohesión interna y la unidad de acción dentro de la organización. No hay política de comunicación que salve el rechazo electoral que genera la disensión interna permanente.

En 2006, Refundación Comunista pensó que podía buscar un buen equilibrio entre “di lotta e di governo” (luchar y gobernar) y terminó llevándose por delante al Gobierno Prodi. No ha sido, ni mucho menos, un caso excepcional. Marcar perfil propio sin erosionar la estabilidad del Ejecutivo, gobernar sin descuidar la organización, mantener la cohesión interna sin romper los vínculos con la militancia y las organizaciones afines son desafíos clave para cualquier partido nuevo que llega a un gobierno.

Los posados de los ministros, uno a uno, recorriendo a pie unos metros ante La Moncloa, más propios de un pase de modelos que de un Gobierno... La foto de familia en las heladas escalinatas del palacio... Las ñoñas cartas remitidas por Pedro Sánchez a los 22 miembros del Consejo de Ministros con la propuesta de trasladar su cita semanal a los martes, en lugar de los viernes, como era habitual...

Todo eso constituyó la comidilla del día, aunque en ningún caso puede distraer del asunto principal: el intento de dominar las instituciones, reavivado con descaro desde el primer día del renovado mandato del presidente.

El salto, sin perder tiempo, de Dolores Delgado desde el Ministerio de Justicia a la Fiscalía General del Estado muestra las intenciones de Sánchez. Desde el Ejecutivo se daba por descontada la tormenta por el nombramiento de la reprobada amiga de Baltasar Garzón y del comisario Villarejo.

De hecho, su agenda, marcada por los tratos con sus costaleros independentistas, necesita, para ir pasando las hojas del calendario, lo que se ha venido a llamar abiertamente la “desjudicialización” del procés. Es decir, tener un poder judicial sometido. 

La injerencia cubana solo a traído trastornos a Venezuela en toda su proporcionalidad

Y no han hecho muchos esfuerzos por desactivarla. Consideran las críticas “irracionales” y remiten a la “solvencia” curricular de la ex ministra. “El presidente cuida de los suyos” es la excusa favorita de los fontaneros monclovitas. Escucho, estupefacto, lo que me sueltan desde el entorno del líder socialista: “La Justicia ya está politizada”. Todo arreglado, entonces. No hay mayor descaro. 

Tan exuberante afirmación anticipa, sin duda, un desolador panorama. Se intenta dar otra vuelta de tuerca a las ya forzadas costuras institucionales. Así las cosas, vaticino que con Sánchez la seguridad jurídica va a quedar muy tocada. Veremos si no hundida.

Pasará igual que, con las leyes venezolanas. Los jueces, abogados y Corte Suprema de Justicia se prestan al libre juego político y bajo el dominio de un solo poder, actúan al libre albedrio aumentando sus capitales y, quede sorprendido, el juez Baltazar Garzón que se creía muy limpio cayo en las redes de La Moncloa y de los pseudocomunistas que, no son otra cosa que delincuentes disfrazados de niños burgueses y desean vivir como millonarios y, no han laborado nunca.

Por extensión, claro, esto afectará a la calidad misma de la democracia. ¿Cómo entenderla sin que se sostenga en la independencia de los poderes? Poco parece interesar al presidente el pantano de tierras movedizas en el que nos mete.

Sánchez es lo único importante para Sánchez. Así que, consciente de que tiene por delante distintos muros de contención, no ha dudado un instante en iniciar su asalto por la vía de los hechos consumados. El objetivo es lograr una justicia “acomodada” a las circunstancias políticas del momento. 

Pedro Sánchez ha obrado un milagro que amenaza con dejar la multiplicación de los panes y los peces en un truco de prestidigitador barato. Allá donde pasa, surgen cual torrente vicepresidencias, ministerios, secretarías de Estado y direcciones generales en número prodigioso y aparentemente inagotable. Con Sánchez, el maná del cielo cae sobre las cabezas y las cuentas corrientes de sus elegidos, que pueden acabar contribuyendo como mínimo a que compren ropa de su talla para ir al trabajo.

 

Con la ilusión de unos colegiales, se encaminan los nuevos escogidos a ejercer sus funciones y mucho más. Pablo Iglesias no ha llegado a calentar su sillón aún y ya se ha permitido realizar unas fuertes y poco prudentes críticas al poder judicial español.

No es una cuestión baladí, sino un verdaderamente movimiento de estrategia política por el que pretende y nadar la ropa; marcando distancias con el gobierno de Sánchez y rindiendo pleitesía a los partidos independentistas catalanes.

No son declaraciones que deban pillarnos por sorpresa, sino producto de una concepción muy sui generis de lo que es la separación de poderes. Podemos, y en especial su líder indiscutible (cada vez más indiscutible, en la medida que las sucesivas purgas llevadas a cabo para eliminar disidentes y cualquiera que pudiera hacerle sombra resultaron exitosas), como todo partido comunista con tendencias estalinistas que se precie, lleva muy mal la existencia de elementos fuera de su control.

Sin embargo, el nuevo cargo ha producido también cambios radicales en la opinión de Iglesias hacia la previsible nueva Fiscal General y Tezanos, a los que no hace tanto lanzaba calificativos poco agradables y pedía sus cabezas. Lo que hace una vicepresidencia...

 

Más preocupante es la reacción oficial del ejecutivo socialista a las declaraciones de su vicepresidente, haciendo un verdadero ejercicio de funambulismo dialéctico para no entrar en la cuestión de fondo y enmarcarlas en la libertad de expresión. Ni un reproche se le ha hecho. Si bien se puede aceptar que Iglesias mantenga sus opiniones personales sobre ciertos temas, debería ser consciente que no conviene, ahora que es miembro del gobierno, airearlas como lo hizo.

Está por ver, además, en qué sentido votarán los representantes del Partido Socialista en el Parlamento Europeo cuando se dirima la cuestión del levantamiento de la inmunidad de Puigdemont y Comín de manera más que definitiva. Confiemos en que será un voto favorable, pese a quien pese, puesto que lo contrario sería tanto como decir que respaldan a Iglesias y denigran la justicia de España.

 

* Escrito por Emiro Vera Suárez, Profesor en Ciencias Políticas. Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño

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Emiro Vera Suárez (1360 noticias)
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