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Olimpiadas Berlin, 1936. Frente a la omnipotencia de Hitler y su maquinaria, Jesse Owens supo ponerse la corona de laurel

15/07/2016 03:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Las Olimpiadas en Berlin 1936 organizadas por el partido nazi las ganó en medallas el Reich aleman, pero sirvieron para que los atletas negros dieran una lección al mundo y Hitler perdiera puntos

Historia política de los Juegos Olímpicos de 1936

En 1936, los Juegos Olímpicos de invierno y de verano se celebraron en la Alemania Nazi, respectivamente en Garmisch-Partenkirchen (Baviera) y Berlín. En esta doble ocasión, el deporte sirvió para aplicar la estética nazi y fue usado como vehículo de propaganda por el régimen hitleriano como nunca antes había ocurrido.    

Elección de la organización

El Comité Olímpico Internacional atribuyó la organización de los Juegos Olímpicos de Verano a Berlín durante su congreso en Barcelona en el año 1931. La otra ciudad candidata para acoger la celebración era precisamente Barcelona, la ciudad condal. En aquella época, se comenzaba eligiendo la ciudad que organizaría los juegos de verano y luego, el comité olímpico nacional elegía el lugar de celebración de los juegos de invierno. Los Juegos Olímpicos de Invierno de 1924 y 1932 se celebraron en el mismo país en el que tuvo lugar la celebración de los juegos de verano. Fue por este motivo que el Comité Olímpico Alemán eligió las ciudades e Garmisch-Partenkirchen para acoger las competiciones invernales.

La elección de Alemania tuvo una carga política considerable debido a que devolvía la celebración de las grandes competiciones deportivas al país tras la Primera Guerra Mundial. Los Juegos Olímpicos de 1916, tuvieron que  suspenderse por la Gran Guerra Europea (1914-1918). Iban a celebrarse en Berlín.

Una propuesta de boicot

Hitler y el partido Nazi fueron elegidos al Bundestag (Parlamento de Alemania) en las elecciones de 1933. Pocos meses después, diversos miembros de comités olímpicos nacionales comenzaron a preguntarse si sería éticamente correcto participar en unos juegos organizados por el régimen Nazi. De hecho, habiendo confirmado su retórica antes de ser elegidos para formar gobierno, los nazis rápidamente (a partir de abril de 1933) instauraron una política de segregación racial en el deporte así como en otros aspectos de la vida social. Los judíos, en particular, fueron expulsados sistemáticamente de los clubes y federaciones deportivas, y tenían prohibido entrar en las instalaciones deportivas

Bandera  e himno olímpicos

La elección de las sedes no fue particularmente polémica. Sin embargo, tras la subida de Hitler al poder, hubo propuestas de boicot e incluso intentos de organizar olimpiadas alternativas. Durante los juegos, Hitler redujo la represión antisemita e intentó mostrar una mejor imagen al mundo. Al mismo tiempo, el gobierno alemán llevó a cabo una campaña diplomática intentando captar la simpatía de dignatarios extranjeros que visitaron el país durante los juegos. Para la posteridad, los juegos quedaron esencialmente asociados a la figura de Jesse Owens.

En Estados Unidos, el presidente del comité olímpico nacional, Avery Brundage, fue el primero en apostar por retirarle la organización de los juegos a Alemania, abogando por que se organizaran en otro país. Brundage estaba particularmente preocupado por las restricciones a la actividad deportiva de los judíos en Alemania. En su opinión, los fundamentos del Espíritu Olímpico dejarían de cumplirse si los países decidiesen quién puede participar en función de criterios sociales, religiosos o raciales. No obstante, tras una visita a Alemania, Brundage declaró que los judíos alemanes estaban siendo bien tratados y que los juegos debían tener lugar como estaba previsto. Brundage, que asumía una responsabilidad particular, debido a que la delegación norteamericana era tradicionalmente la más numerosa, se manifestaría en ocasiones posteriores en contra de un posible boicot, afirmando que el deporte se debería mantener alejado de las relaciones judeo-nazis. Incluso llegó a afirmar la existencia de una conspiración judeo-comunista contra la participación de los Estados Unidos en los juegos.

Del lado de los partidarios del boicot, uno de los más activos era Jeremiah Mahoney, presidente de la Federación Estadounidense de Atletismo. Mahoney esgrimía que Alemania había quebrado el Espíritu Olímpico al imponer discriminaciones raciales y religiosas; participar, según él, implicaba apoyar a Hitler. Las llamadas al boicot de Mahoney fueron particularmente escuchadas por la comunidad católica de Estados Unidos. Ernst Lee Jahncke, otro de los activistas favorables al boicot fue expulsado de Comité Olímpico Internacional por manifestarse en contra de la participación de Estados Unidos en los juegos.

Las propuestas de boicot fueron también vivamente discutidas en otros países, especialmente en el Reino Unido, Francia, España, Suecia, Checoslovaquia y en Holanda. Los alemanes exiliados por motivos políticos también se manifestaron a favor del boicot. No obstante, con la excepción de España, todos estos países terminarían por participar, pese a que atletas, tanto judíos como no judíos, de varias delegaciones se negaran a asistir.

Juegos alternativos: las Olimpiadas Populares de Barcelona

Los partidarios del boicot comenzaron a organizar unos juegos olímpicos alternativos (las llamadas Olimpiadas Populares) que debían celebrarse en Barcelona en 1936. La elección de la ciudad catalana se debió a que había sido la candidata derrotada frente a Berlín en la decisión del Comité Olímpico Internacional. Sin embargo, esta iniciativa tuvo que ser anulada pocos días antes del comienzo del evento deportivo debido al estallido de la Guerra Civil española en julio de 1936. En Barcelona iban a competir los judios y demás deportistas rechazados por la Berlín de Hitler.

Más países participantes que nunca

Los siguientes países participaban en los juegos: Afganistán, Sudáfrica, Alemania, Argentina, Australia, Austria, Bélgica, Bermudas, Bolivia, Brasil, Bulgaria, Canadá, Chile, China, Colombia, Costa Rica, Checoslovaquia, Dinamarca, Egipto, Estados Unidos, Estonia, Filipinas, Finlandia, Francia, Grecia, Hungría, Islandia, India, Italia, Japón, Yugoslavia, Letonia, Liechtenstein, Luxemburgo, Malta, México, Mónaco, Nueva Zelanda, Noruega, Países Bajos, Perú, Polonia, Portugal, Reino Unido, Rumania, Suecia, Suiza, Turquía y Uruguay. Nunca antes habían participado tantos países en los Juegos Olímpicos.

Hitler tenía miedo a Barcelona y trató de mostrar el lado amable de Berlín. Y así decretó la supresión de la violencia anti-judía, los carteles antisemitas fueron retirados de las calles.

En los meses previos a las Olimpiadas, era necesario mostrar a los millares de visitantes todo lo que el país y especialmente el régimen tenían de bueno. De esta forma, las sucesivas campañas antisemitas, que habían sido constantes desde la llegada al poder de Hitler, fueron suprimidas. La violencia contra la comunidad judía, particularmente visible en el verano del año anterior, casi desapareció. Los avisos prohibiendo o disuadiendo la presencia de judíos, que eran frecuentes en la entrada de muchas localidades y barrios (Juden sind nicht erwünscht - Los judíos no son deseados), u otros carteles de tenor semejante y dudoso gusto, fueron retirados por orden del Führer (tras la petición del conde Henri de Baillet-Latour, el belga que presidía el Comité Olímpico Internacional), en febrero de 1936, inmediatamente antes de la inauguración de los juegos de invierno. Además de eso, Alemania aceptó incluir en su delegación una campeona de esgrima de origen judío: Helene Mayer, que lograría una medalla de plata.

Infraestructuras:el Estadio Olímpico de Berlín

La construcción, decoración y renovación de infraestructuras deportivas y zona de ocio se realizó a un ritmo frenético, sin atender a los gastos, intentando mejorar la apariencia de las sedes de los juegos. El centro de las mayores atenciones sería naturalmente el Estadio Olímpico de Berlín.

 

Los proyectos iniciales del nuevo estadio habían sido encargados al arquitecto Werner March. El estado sustituyó al Estadio Alemán (Deutsche Stadion) diseñado por Otto March (padre de Werner March) y construido entre 1912 y 1913 para ser sede de los Juegos Olímpicos de Verano de 1916, que terminaron por no celebrarse debido a la Primera Guerra Mundial.

El estadio olímpico de Berlín proyectado por Werner March y Albert Speer.

Los proyectos de Werner March fueron rechazados por el propio Hitler durante su construcción; Hitler comparó el proyecto con un retrete moderno, en uno de sus típicos discursos. Hitler exigía que el estadio fuera el mayor de todos los que se habían construido en el mundo. Por supuesto tenía que ser considerablemente mayor que el estadio de los Juegos Olímpicos de 1932 en Los Ángeles. Hitler nunca dejaría de quejarse durante las obras por la alegada pequeñez del proyecto.

Ceremonia de apertura

Toda la ciudad de Berlín estaba decorada con la esvástica cuando la llama olímpica llegó a la ciudad el 1 de agosto de 1936 y los juegos de la XI Olimpiada fueron inaugurados. Sobre el estadio flotaba el enorme dirigible Hindenburg, sobre el cual estaba suspendida la bandera olímpica. Durante la ceremonia inaugural, el estadio tenía más espectadores de los 110.000 de aforo, mientras que en el exterior, un millón de personas se colocó en las calles para ver el desfile de coches que transportaba al Führer y demás dignatarios del régimen invitados a la ceremonia.

Desfile en el Boulevard Unter den Linden

Una orquesta de treinta trompetas saludó a Hitler cuando éste hizo su entrada en el estadio. Richard Strauss dirigió un coro de 3.000 personas que entonaron el himno alemán "Deutschland, Deutschland über Alles", y el "Horst-Wessel-Lied", himno del Partido Nazi. Strauss también dirigió a la orquesta que tocó el Himno Olímpico especialmente compuesto para la ocasión.

La antorcha olímpica en Berlín

Muchas de las delegaciones que entraron en el estadio para la ceremonia inaugural practicaron el saludo nazi al pasar por delante del Jefe del Estado. Las delegaciones estadounidense y británica se encontraron entre las pocas que se abstuvieron de llevarlo a cabo. Por todo el estadio se habían dispuesto cámaras fotográficas que captaban aquellos momentos épicos. Leni Riefenstahl, que ya había trabajado para el partido y filmado el congreso de Núremberg de 1936, filmó la mayor parte de los juegos por encargo del gobierno.

Jesse Owens y sus cuatro medallas de oro

Los juegos de verano se celebraron durante dos semanas. Entre los éxitos deportivos de los participantes sobresalían los llevados a cabo por Jesse Owens, ganador de cuatro medallas de oro. Se dice que Hilter evitó felicitar a Owens y a otros medallistas negros, pero la verdad es que no estaba previsto que el Führer saludara a los medallistas. Hitler, efectivamente felicitó a los ganadores de las dos primeras medallas de oro, un finlandés y un alemán, aunque eso no hubiese estado previsto por la organización. Durante el primer día, ya tarde pero aún antes del fin de las pruebas, Hitler abandonó el estadio tras la eliminación de los últimos participantes alemanes en la competición de salto de altura. Deliberadamente o no, su marcha evitó que Hitler tuviese que decidir si felicitar personalmente a Cornelius Johnson y Davis Albritton, ambos negros que conquistaron las medallas de oro y plata respectivamente.

Las Olimpiadas de Berlin fueron únicas en su género y desarrollo. Una lección para el mundo

Jesse Owens compitió durante el segundo día y ganó los 100 metros lisos. Antes de eso, Henri Baillet-Latour ya había informado a Hitler que, de acuerdo con el protocolo olímpico, un invitado de honor del comité olímpico no debería saludar a los vencedores. Hitler no saludó a ningún otro medallista. Sin embargo, se puede afirmar que Hitler había evitado encontrarse con Owens: Baldur von Schirach, el líder de las Juventudes Hitlerianas habría propuesto que Hitler fuese fotografiado junto con Owens.

Hitler asistió a las pruebas deportivas casi todos los días, y fue siempre efusivamente aclamado por la multitud de espectadores. Para su orgullo y contento, los atletas alemanes registraron muchas victorias; Alemania fue el país que ganó más medallas en los juegos de verano y el segundo con más medallistas de los juegos de invierno.

El 2 de agosto de 1936, Jesse Owens comenzó su carrera hacia las cuatro medallas olímpicas de oro en los Juegos de Berlín, en un estadio abarrotado con 110.000 espectadores fanáticos de Hitler. Tuvieron que pasar 48 años para que un negro norteamericasno, Carl Lewis, obtuviera la misma recompensa.

Cuando llegó a Berlín para competir en los Juegos de la XI Olimpiada, los de 1936, Jesse Owens sólo era un "auxiliar negro del equipo americano", en la terminología propagandista nazi. Se ensalzaba la superioridad aria en la que evidentemente no tenía cabida el Antílope de Ébano, como le llamaban a Owens sus fans. Pero el auxiliar se convirtió en pocos días en el rey de la capital del Tercer Reich y se bañó cuatro veces en oro delante de Adolf Hitler, el Führer. La conquista comenzó hace hoy exactamente 80 años.

Owens había nacido el 12 de septiembre de 1913, en Danville (Alabama) y de niño trabajó en una plantación de algodón, como nieto de esclavo. Su familia se mudó a Cleveland (Ohio) y allí Jesse aportó a la economía familiar su exiguo salario como, sucesivamente, expendedor de gas, vendedor de una tienda de comestibles, ascensorista y chico de los recados del Congreso estatal y chico para todo.

Pero James Cleveland Owens, ganó en el estadio olímpico de Berlín, los títulos de 100 y 200 metros lisos, salto de longitud y relevos 4x100. Nadie había logrado nunca algo parecido.

Tal día como hoy, pero en 1936, el equipo norteamericano permitió que el “auxiliar del equipo” participara como atleta. Corrió en las eliminatorias de 100 metros y batió el récord olímpico con un tiempo de 10/3. Depués en la final obtuvo su primera medalla, con la misma marca. Al día siguiente batió el recrod de salto de longitud con 8 metros 06 cms, por delante del alemán Lutz Long, prototipo de la raza aria, del que se hizo amigo. Al día siguiente consiguió su tercer oro, esta vez en los 200 metros, con un récord olímpico de 20/7. Por fin, el 9 de agosto se coronó en 4x100 metros, con una marca de 39/8, récord del mundo. Corrieron dos blancos y dos negros. Relevo café con leche.

Lo curioso es que Jesse, el “negro auxiliar“, necesitó de la ayuda del héroe ario Lutz Long para clasificarse para la final de la prueba. En la clasificación se pedían 7/15 para acceder a la lucha por el título, pero Owens hizo dos nulos y se jugaba el todo por el todo en el tercer y último ensayo.

Long, alto, rubio, poderoso, se acercó a él y le saludó en inglés. Y le aconsejó: "Debes pasar la clasificación con los ojos cerrados. Te aconsejo que retrases algo tu tercera carrera, para no hacer nulo".

Owens le hizo caso, pasó a la final y venció, a pesar de la dura resistencia de su oponente, que llegó a igualarle en el quinto ensayo. Aprovechó para saludar a Hitler brazo en alto.

“Cuando volví a mi país, después de todas las historias sobre Hitler, no pude viajar en la parte delantera del autobús. Volví a la puerta de atrás. No podía vivir donde quería. No fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al Presidente Roosevelt”, contó en su biografía, en 1970.

Tras los Juegos de Berlín, Franklin Delano Roosevelt, presidente demócrata de EE UU, jamás telefonéo ni recibió a Owens: ni a ningún otro medallista negro. "Son sus auxiliares negros", diría el doctor Goebbels. Tras el día I de los Juegos, advertido por el COI, Adolf Hitler, molesto, no estrecharía la mano de campeón alguno: iba contra protocolo. Cuando Owens batió a Lutz Long en longitud, los dos salieron abrazados. Alemania barrió en el medallero de Berlín. Pero nunca habrá nadie como JC Owens, el nieto de esclavos.

Parte del mito desprendido de la espectacular actuación de Owens también dice que Hitler rehusó darle la mano. Aunque se sabe que solo felicitó personalmente a los dos primeros ganadores de los juegos (saltándose el protocolo puesto que no debía felicitar en persona a nadie). Y no repitió las felicitaciones con nadie más, ni siquiera con los propios alemanes.

El propio Jesse Owens afirma en sus memorias que recibió una felicitación oficial por escrito del Gobierno alemán, y que sin embargo el presidente de los Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt no invitó al atleta a las celebraciones en la Casa Blanca, puesto que estaba inmerso en las elecciones.

Después de los juegos, tuvo además que volver a su trabajo de botones en el hotel Waldorf-Astoria, organizar un espectáculo en los que se enfretaba a un caballo y la Federación de Atletismo le sancionó por practicar un deporte no amateur. Siempre en busca de un empleo, para seguir sacando a su familia adelante se aventuró a montar una lavandería con un socio que terminó estafándole.

Owens participó de forma muy activa en programas de atletismo para la juventud. Tras su retirada, fundó su propia empresa de relaciones públicas. En 1970 se publicó su autobiografía, The Jesse Owens Story. Casado con Ruth Solomon, con la que tendría tres hijas, Gloria, Beverly y Marlene.

Fumador empedernido, Owens murió en Tucson el 31 de marzo de 1980 víctima de un cáncer de pulmón, a los 66 años. Durante 35 años había fumado una cajetilla de tabaco diaria. Fue enterrado en el cementerio Oak Woods de Chicago.

Una calle y una escuela en Berlín llevan su nombre. EEUU le hizo un homenaje en 1976 y otro póstumo en 1990.

Long murió en Stalingrado, durante la Segunda Guerra Mundial, y Owens pagó los estudios a su hijo.


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