En 1961 la dietilamina del ácido lisérgico aun era una curiosidad de laboratorio muy poco conocida, pero ahora, el LSD tiene un enorme número de consumidores en muchos ámbitos de la vida cotidiana.

Quien supo de los asombrosos efectos del LSD , porque fue quien la probó por vez primera, fue el doctor Albert Hoffman , un químico del laboratorio Sandoz, en Basilea, Suiza. Tenía la esperanza de encontrar una droga estimulante para el sistema nervioso central, y sintetizaba nuevos componentes obtenidos del ácido lisérgico , sustancia derivada de un hongo negro que aparece en las espigas de algunos cereales. Casualmente se introdujo en su organismo una pequeñísima porción de uno de los resultados obtenidos, el LSD .
Cuando se produce uno de los trances del LSD, tienden a desaparecer las inhibiciones de las personas
Desconcertado por el torbellino de colores y formas que confundía su cerebro se acostó.
Siguió investigando, y poco después tomó, en forma deliberada, otra porción minúscula para identificar la causa de su sensación extraordinaria. Al empezar los efectos nuevos, sintió que perdía la razón, porque miraba su cadáver acostado en el sillón, mientras su otro yo deambulaba por la habitación llorando.

Provoca esta droga generalmente, al consumidor, un tremendo deseo de salir volando por las ventanas, tal vez porque la persona tiene la sensación de sentirse un copito de nieve o un pajarillo.
Quienes se aficionan al LSD argumentan que la droga, compuesto sin sabor, sin olor, y muy difícil de ver, absorbido en pequeñas dosis, se esfuma del cuerpo sin causar daños, y antes de que sus efectos dejen de ser percibidos. Pero verdaderamente, una de las propiedades más alarmantes de esta droga es que en ciertas ocasiones los consumidores tienen nuevas e involuntarias alucinaciones, durante semanas y hasta meses después de haberla consumido. Y lo más delicado es que probablemente se ignore hasta qué extremo el LSD puede llevar a una persona.
Quien supo de los asombrosos efectos del LSD, porque fue quien la probó por vez primera, fue el doctor Albert Hoffman
