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La fiesta de los expatriados se termina en Kabul

31/12/2014 06:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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La invasión liderada por Estados Unidos en Afganistán trajo desde 2001 un flujo constante de diplomáticos, personal humanitario y contratistas de seguridad extranjeros, alrededor de los cuales giró una vida social que con los últimos ataques y ante la retirada de la OTAN parece acabarse.

Este año, tras varios atentados en lugares frecuentados por extranjeros, el último de ellos ocurrido hace unas semanas en Kabul, acabaron con las ilusiones de muchos extranjeros residentes, bajo la mira de los talibanes, acusados de complicidad con el gobierno proccidental.

Ahora, el restaurante francés está cerrado y, con su clausura, se acabaron las tardes de alcohol en la piscina y los picnic al aire libre.

Unos días antes del final de la misión de combate de la OTAN, tras la cual solo quedarán en enero 12.500 soldados como instructores, los que no han hecho ya las maletas están relegados a los complejos residenciales ultrafortificados, de los cuales ya no salen.

"Hace un año, yo empleaba a 28 personas. Hoy no son más de 8", dijo a la AFP, bajo condición de anonimato, una extranjera que tiene un restaurante en Kabul. La dueña del establecimiento se lamenta de la falta de público, pero afirma que no dejará el país porque esta casada con un afgano. "Todos los organismos tenían una lista de lugares a los cuales su personal podía ir. Ahora, todo está prohibido", afirmó señalando a un salón vacío a la hora de almuerzo.

Hace unos años, la capital de Afganistán, un país muy pobre con una cultura muy conservadora, gozaba de una intensa vida nocturna, que giraba en torno a centenares de jóvenes expatriados empleados en las embajadas, las organizaciones humanitarias y en los cuerpos de seguridad privados, además de muchos periodistas y asesores de diversos temas.

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Ahora, las fiestas llenas de alcohol y solteros y gente joven, en Kabul, que los extranjeros llamaban 'Kabubble', un juego de palabras en inglés con la palabra 'burbuja', desentonaba con la realidad de un país musulmán muy conservador.

Estas fiestas transcurrían a veces bajo la mirada atónita los guardias afganos encargados de controlar la entrada, en un país donde la mayor parte de la población no ha tocado los dólares de los millonarios fondo de ayuda humanitaria, muchos de los cuales fueron para los sueldos de los expatriados.

La gota que colmó el vaso fue el ataque en enero de los talibanes contra un restaurante muy popular de cocina libanesa en el que murieron 21 personas, incluyendo 13 extranjeros.

Entre las víctimas, estaba un alto oficial de Naciones Unidas (ONU), funcionarios europeos, profesores estadounidenses y trabajadores humanitarios británicos. Hoy el local está cerrado.

"La época de las grandes fiestas se terminó hace tiempo", destacó la italiana Francesca Recchia, quien editó un libro sobre la vida en Afganistán. Recchia dice que hay muchos menos extranjeros, los que se quedaron están encerrados en sus casas y muchos tienen miedo.

Ya tampoco hay picnics los viernes en los alrededores de la capital, por los temores de los ataques y de los secuestros y el Club de Tenis de Kabul, un lugar elegante, frecuentado por los embajadores, está desierto. "Ya nadie viene", dijo un entrenador, que pidió no ser identificado.


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Redacción Sociedad (16575 noticias)
Fuente:
AFP
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