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De Conrad y parafilias

07/09/2015 01:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Por Luis David Niño Segura / Tw: @ld_nio

Miro el celular, son las ocho en punto. Frente a mí tengo un vaso con güisqui, tres hielos que se mantienen colgados del clima como yo finjo estar feliz. Es sábado. A principio de la semana un conocido me pasó el contacto de una especie de casa de citas para hombres casados. Me dio una tarjeta que solo contenía un número fijo. La estoy mirando y no sé si decidirme a llamar. Sé que de alguna manera están esperando a que marque los números. Probablemente detrás de la bocina escucharé la voz de alguna secretaria. Es el día perfecto y mi situación lo amerita. Mi esposa no está. Se fue con mis suegros el fin de semana y yo estoy sentado, mirando las gotas alrededor de mi vaso de güisqui. Imagino, por un segundo, que el vaso tiene miedo, de ahí su sudor. Quizá un reflejo de mi estado de ánimo.

Tomo el celular. Me pregunto cómo llegué ahí, a estar en esa situación. Solo recuerdo que un mes atrás le platiqué a mi conocido que ya no tenía ningún apetito sexual por mi esposa y que a pesar que ya habíamos tratado de experimentar algunas cosas, nada me hacía volver a tener una erección lo suficientemente dura como para poder complacerla. Dentro de esas experimentaciones, ella me pidió tener relaciones con otro hombre, aunque al principio no supe qué contestar, decidí aceptar, a final de cuentas, yo ya no siento nada por ella. Parecía que ella lo tenía fríamente calculado. No tardó más de una semana cuando me dijo que ya estaba lista. No le pedí ninguna clase de explicación. Fue un viernes. Salió de trabajar, yo llegué a la casa y la encontré bañada y alistándose para irse. Eran las ocho de la noche. Destapé una cerveza y me despedí de ella. Regresó hasta las dos de la mañana. Yo estaba dormido así que no le di importancia. Después de ducharse se acostó a mi lado y no hablamos del tema jamás. Mi conocido -abro un paréntesis (disculpe usted que no le proporcione el nombre de mi conocido pero por obvias razones debo proteger su identidad) cierro el paréntesis- al saber mi historia me proporcionó un hobbie que él tenía y estaba dedicado para hombres casados sin importar el tipo de matrimonio ni la edad. El único requisito era la insatisfacción marital. Me perdonara si hasta esta parte de la crónica no le he comentado de qué tratan los servicios que se me ofrecían si yo marco el número que arriba le mencioné mi conocido me proporcionó en una tarjeta, pero el ritmo de los hechos así lo amerita. De nuevo tomo el celular. Por fin me decido y tecleo los números. Espero mientras alguien del otro lado de la bocina me pide alguna información, como lo predije, es la voz de una mujer, por su timbre, calculo que no pasará de los veinte años. Me pide mi nombre completo y el nombre de mi conocido así como su número telefónico, todos los datos se los doy. Antes de colgar me dice que me debo presentar quince minutos antes de la hora programada; es decir, a las nueve cuarenta y cinco. Cuelgo. Tomo mi vaso con Jack Daniel's y lo relleno. Aun le sobrevive un hielo y medio.

Sé que ya no hay marcha atrás. Tengo que aventurarme, salir de aquí y ver si la adrenalina que sentí cuando maqué el número aumenta hasta que llegue la hora programada. Le doy un trago a mi vaso y suena mi celular. Es mi conocido, le acaban de llamar para coordinar la cita. Me felicita y asegura que no me arrepentiré de haber hablado. Le agradezco y cuelgo. Me han dado las nueve de la noche y pido un taxi. Me terminó mi vaso de güisqui justo cuando el taxista presiona su claxon. Salgo de mi casa y enciendo un cigarro. Al abordar el auto saludo al chofer. De fondo logro escuchar una canción de los Terrícolas. El nervio, lo confieso, aumenta. Le doy la dirección, es sobre calle Hidalgo colonia centro histórico en Querétaro -abro otro paréntesis (disculpe usted lector que no le de la dirección exacta pero igualmente, por obvias razones, debo proteger la identidad de muchas personas) cierro paréntesis-. El taxista se ríe, al parecer conoce del lugar al que me dirijo o mejor dicho, al lugar al que él me lleva. Pago cincuenta pesos. Son las nueve y media. Aún es temprano. Enciendo otro cigarro y espero, no tengo otra opción, desde fuera el lugar no tiene nada de llamativo. Es una casa habitación de dos plantas. Tiene un portón blanco y una pequeña puerta que se ilumina con un foco amarillento. Estoy a punto de terminarme el cigarro. Miró el reloj, faltan cinco minutos para la hora convenida. Me acerco a la casa y presiono el timbre, doy mi nombre y número de teléfono por el interfon. Me abren la puerta y entro. Hay una especie de recepción donde una muchacha de unos veinticinco años me ofrece un café. Me siento, imagino que ella fue quien me contestó cuando me decidí a llamarles. Justo a las diez llegó mi conocido. Nos pasaron a un cuarto donde me explicaron las reglas, y digo me explicaron porque mi conocido es cliente, ya las conoce. El lugar es una especie de casa de citas alternativa. Aquí, a diferencia de otras casas de citas, se juega un role-play. Es una casa de fetiches donde existen sometidos y sometedores. El juego más común es actuar como el perro de alguien más. Nos proporcionan una botarga de Pit bull. En este caso particular, yo soy el perro y mi conocido es mi dueño, así que él puede hacer conmigo lo que quiera. Debo aceptar antes de entrar. Lo pienso. Le doy un trago a mi café. Mi conocido me palmea la espalda. Pienso: si ya estoy aquí, no hay vuelta atrás. Acepto.

El lugar tiene varias habitaciones donde existen personas, todas de sexo masculino, paseando a sus perros, otras personas, al igual, de sexo masculino, que fingimos actuar como perros. Mi conocido me dijo que yo era un pitbull así que debía actuar como tal. Me llevó a una sala donde se sentó a platicar. Dos tipos de unos sesenta años, con sus respectivos perros, le preguntaron por mí. Yo ladré y traté de moverme tal y como mi perro Odin lo hace en la casa. Distraído tratando de hacer eso, sentí un lameteo en mi ano. Al voltearme miré a otro perro olsquieándome las nalgas. No supe que pensar, seguí actuando. Después de varios minutos olvidé la realidad y me perdí en un mundo de perros afelpados. Así pasaron las horas hasta que vi como un perro montaba a otro perro en la orilla de un patio largo y grande. Desde luego eran dos perros homosexuales. Entre jadeos y sudor, sus dueños llegaron para retirarlos. Les aventaron agua fría y los regañaron. Mi conocido, claro es, me llevó a un cuarto. Yo gateando como podía, caminaba para alejarme de esa escena. Al entrar al cuarto, me tiré sobre un tapete. Mi dueño se vistió con una botarga en forma de oso, se recostó. Minutos después entró una botarga de conejo. Comenzaron a hablar, de las palabras pasaron a los besos. No soporté más. Me levanté y salí.

Vestido de Pit bull me encontré caminando sobre Hidalgo, ya casi llegaba al Teatro de la República. Me senté en la banqueta y encendí otro cigarro. Pensé en lo que había hecho, o mejor dicho, en lo que había visto. Todo por salvar mi matrimonio, mientras mi esposa realmente estaba cogiendo con un tercero y para no herirme me dijo que se iba de fin de semana con mis suegros. Tomé un taxi y llegué a mi casa. De nuevo estoy frente a un vaso de güisqui, a un costado la cabeza de un Pit bull terrier americao. Recuerdo a Joseph Conrad, pienso que como hombre soy una de esas personas que resultan ser "una ofensa para a luz del sol".


Sobre esta noticia

Autor:
Cronicasrevista (4989 noticias)
Fuente:
grupocronicasrevista.org
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Tipo:
Reportaje
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