Alberto Durero nació en mayo de 1471 y su padre era un orfebre emigrado de Hungría que se había establecido en Nuremberg y era el tercero de 18 hermanos.

Sus primeros años los pasó estudiando en la escuela parroquial para luego ingresar al taller de su padre. Allí aprendió a utilizar las difíciles y exigentes herramientas del joyero . Al poco tiempo, demostrando las extraordinarias cualidades de artista , su padre consintió en colocarlo como aprendiz de pintor con el máximo exponente de la ciudad.
A los 18 años, Alberto emprendió un viaje solitario rumbo a la Renania , para vivir igual que un vagabundo.

Ya casi sin dinero se empleó con impresores y editores , donde sus dotes de ilustrador le dieron fama de experto dibujante .
Cuatro años mas tarde regresa a Nuremberg , encontrándose con una ciudad culta y rica, además de extremadamente activa. Pero los pintores de la ciudad, la mayoría alemanes, insistían en continuar produciendo obras frías, al estilo medieval, contrastando con Italia , donde el Renacimiento estaba en su mayor apogeo.
Los Alpes parecían formar una helada frontera que mantenía lejos el frescor de la brisa renacentista, y fue en ese momento, en 1494, con solo 23 años, que Alberto Durero cruzó la barrera de hielo.

Alberto descubrió todo un mundo nuevo que maravillaron sus ojos. Recorrió Venecia anotando todo lo que veía. Visitó los asombrosos estudios, donde el colorido le produjo un inmenso asombro. Descubrió que las figuras humanas se desplazaban por los espacios contenidas en las telas, como volando.
La vida de Durero fue una constante búsqueda de la perfección
Lentamente, Durero , adoptó ese revolucionario sentimiento de observar y pintar de los italianos., descubriendo que su arte ya no era el mismo de antaño.
Era una época de constantes cambios y movimientos y Durero volvió a su tierra natal. Llevaba la seducción de las técnicas del blanco y negro, del grabado y la xilografía . Utilizando todo su genio en el medio se convirtió en el primer artista gráfico de todo el mundo, creando de paso, su firma, una de las mas extraordinarias marcas de la historia artística.
Sus temas abarcaban casi todo lo que se puede observar, desde el nacimiento de un cerdo deforme hasta la producción de xilografías del apocalipsis, realizadas cuando tenía ya 27 años, aumentando su fama personal, y de paso, muchos artistas se inspirarían en sus magníficas composiciones.
Manteniendo a mano su cuaderno de notas, Alberto dibujaba cualquier cosa que le pareciera interesante, desde las minúsculas flores de la orilla del camino hasta la tierra esparcida en el suelo. Ya en casa hizo estudios de muchas flores silvestres y también de hojas de árboles, lo que hasta ese momento no figuraba entre los objetos dignos de atención de los artistas de Occidente.
Llegó a ser el mayor retratista alemán, inmortalizando a los mayores exponentes del poder en una serie de imágenes memorables. Y debido a su gran genio, el emperador alemán Maximiliano I le otorgó un sueldo anual por una serie de trabajos diferentes. Ilustró su devocionario, diseñó armaduras y decoró un arco del triunfo, entre otras.

Alberto Durero murió en el año de 1528 como consecuencia del paludismo.
La vida de Durero fue una constante búsqueda de la perfección. En una ocasión cabalgó de Venecia a Bolonia, largo y agotador viaje, porque le habían dicho que alguien, en esta última ciudad, podría enseñarle el secreto de la perspectiva. También se cuenta que acosaba a cierto artista italiano para aprender a construir una figura humana perfecta por medios geométricos. Se cuenta que dicho artista nada le dijo, porque tal vez no lo sabía, y Durero empezó a investigar, por su propia cuenta, hasta dibujar un cuerpo humano, con rectas y curvas, utilizando solo una regla y un compás.
Los Alpes parecían formar una helada frontera que mantenía lejos el frescor de la brisa renacentista, y fue en ese momento, en 1494, con solo 23 años, que Alberto Durero cruzó la barrera de hielo
Publicó, también, un tratado ilustrado de las proporciones del cuerpo humano, y compuso una máquina para poder dibujar una perspectiva correcta mecánicamente.