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Autoayuda: Cómo librarte de la mujer de tu vida (secuencia 08)

06/07/2016 03:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Cinco consejos para tener sexo (Novela de Charly García G. & E.J. Lopson)

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 Por E.J. Lopson

 

“No ingerir grasas. Más romance. Dile sí a las caricias. Retrasa la eyaculación y más imaginación”.

Así empezaba el wasap que le envió Adriana aquella noche después de que Charly la llamara contándole que Alejandra le había pedido que fuese a su casa. Necesitaba algún consejo eficiente para que la noche le saliera redonda. Su exnovia se lo tomó con sentido del humor. No podía evitar sentir celos y le mandó eso con más ironía que otra cosa. Charly vio entrar el mensaje mientras borraba los trapos sucios de Alejandra.

La venganza es un plato que se sirve frío pero, sin duda, satisface más en caliente. Charly no deseaba otra cosa que acabar con Alejandra. De repente, la odiaba tanto como la deseaba minutos antes. Cualquier daño que pudiera infligirle le parecía poco. Tenía en su mano fundirla con esos tuits y, en efecto, iba a hacerlo. Sacó una memoria USB para hacer un volcado completo. Quería liberarse de Alejandra, volver  a ser quien era antes, ¡hacer polvo al maldito partido liberal! ¡Odiaba a esa hija de puta! ¡Nadie le había hecho sentirse tan mal!

La emoción de la ira había desatado su sistema límbico que empezó a enviarle estímulos a todo el cuerpo. Se activó su corteza cerebral, sus músculos se tensaron. Empezó a secretar adrenalina y aumentó su frecuencia cardiaca. Pupilas dilatadas, respiración rápida y subidón de dopamina, la hormona que hace sentir invencible al cerebro. En ese instante podría haberle hecho cualquier cosa, por terrible que fuera, sin que su inteligencia se lo impidiese.

Entonces cerró los ojos y contó hasta diez, respiró profundamente, pensó una y otra vez que la quería y no podía hacerle daño. ¡La quería, la quería, la quería…! —y así hasta diez veces—. Su cerebro entró en razón.

Tal vez Alejandra se dio cuenta de algo, o quizá fue solo que sentía gratitud. Quién sabe lo que pasó por su cabeza. Lo cierto es que conocía la afición de Charly por el vodka con hielo, desde la noche que coincidieron en Gabana. Así que preparó dos copas y se aproximó a él por la espalda. Le pasó el vaso frío por el cuello para llamar su atención. A Charly se le erizó la piel sin que pudiera controlarlo. En ese instante cesó el ruido dentro de su cabeza y recuperó todo lo bueno que sentía por ella.

Se dio la vuelta y Alejandra estaba allí, sonriéndole, con una mirada dulce que no había percibido antes. Como si se conocieran desde siempre y estuviesen unidos por lazos más profundos que los del trabajo. Tuvo la impresión de que ella se sentía desvalida, vulnerable. Entonces pensó que debía eliminar completamente aquellos mensajes para que nadie pudiera hacerle daño.

Charly se sintió fatal por haber pensado cosas horribles de Alejandra y, peor aún, por su deseo irrefrenable de venganza. ¡La ceguera de la ira! Le impresionaba cómo podía dejarse arrastrar fatalmente por un instinto así. ¿Cómo se puede querer y odiar tanto al mismo tiempo? —se preguntaba—. La conclusión fue que no era posible lo uno y lo otro a la vez. En una línea de tiempo, los  acontecimientos se suceden unos a otros necesariamente y, aunque los separe un intervalo de milésimas de segundo, nunca se producen a la par. Los sentimientos son fluctuantes en su ir venir por el cerebro.

Una cosa le llevó a la otra, y recordó la filosofía experimental de su padre. “Si se es capaz de controlar las peores emociones, siempre se está a tiempo de continuar con la vida”. Una conclusión a la que llegó cuando su mujer le pidió el divorcio. Su primera reacción fue suplicarle que le diera otra oportunidad, pero ella había tomado la decisión con carácter irreversible. El cerebro de su padre se ofuscó al perder toda esperanza. ¡No podía vivir sin ella! Y como eso no tenía solución, lo siguiente fue pensar en matarla y luego suicidarse. ¡Un clásico! —bromeó su padre, al contárselo años después. Los estrógenos no suelen empujar al crimen pasional —añadió—. En cambio, la testosterona es menos temerosa de las consecuencias. Poco reflexiva en asuntos del corazón e, in extremis, ansiosa de sangre hasta tal punto que solo viéndola brotar del otro cuerpo recobra el sosiego. ¡Lamentable! —dijo mirándolo al fondo de los ojos—, porque después de un desahogo desproporcionado,   a uno le quedan muchos años de cárcel por delante.

La reflexión de su padre surgió a propósito de lo desesperado y furioso que Charly estaba cuando lo dejó su primera novia del instituto. Charly captó lo nuclear de la enseñanza paterna. ¡A él nunca le pasaría algo así! Pero el cerebro es selectivo en sus  recuerdos y no siempre aplica todo lo que sabe. De ahí que el giro de Alejandra a la concordia fuera determinante para que él no retuiteara sus mensajes desde cualquiera de los perfiles falsos con los que operaba en la red.

Los estrógenos no suelen empujar al crimen pasional. En cambio, la testosterona es menos temerosa de las consecuencias

Al verlo más relajado, Alejandra recuperó la tranquilidad. Charly le aseguró que no quedaba ni rastro de su pasado tuitero. Le sonrió de nuevo sosteniéndole la mirada, metió el dedo índice en su copa y lo deslizó por el labio inferior de Charly. Él la dejó hacer.  Actuaba muy segura de sí misma. Bebió un sorbo y lo besó apenas rozándole los labios, acariciando su cabeza al mismo tiempo. Él cerró los ojos y la rodeó por la cintura. Estuvieron embelesados unos minutos, balanceándose a ritmo de una balada romántica de Enrique Iglesias que acababa de pinchar ella.

Charly parecía flotar en el ambiente. Alejandra lo cogió de la mano y se lo llevó hacia el dormitorio. No opuso resistencia. La seguía como si estuviera preso de un hechizo. Su respiración se entrecortaba con los besos de ella, que le desabrochó la camisa y sacó el faldón. Al sentirla deslizándose por su piel, se le puso el cuerpo como un erizo. Alejandra lo percibió bajo sus manos. Se distanció unos centímetros de él y lo contempló detenidamente. Lo atrajo hacia sí de nuevo y continuó el recorrido por los músculos bien marcados de su abdomen, bajando sin apenas rozarlo hacia la pelvis. Un beso, otro beso… ¡Charly estaba a punto de colapsar! Ella lo sabía y lo dejó en suspensión unos segundos, bromeando con las horas de gimnasio que habría invertido en ese abdomen. Luego retomó su cuerpo alternando pasión con ternura para no perder el control sobre él. Lo tenía a su merced, como a ella le gustaba tenerlo todo, según Charly, que continuaba inmóvil con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados. Alejandra había retardado que eyaculara de forma inminente.

Conseguido el objetivo, cesó la tregua y, con avidez inesperada, ella deslizó la mano bajo sus boxes y le acarició sin consideración alguna el soldadito —como llamaba Charly a su pene desde que se lo bautizara su padre de pequeño—. El buen amigo de Charly se puso por las nubes. Notarlo así de inmenso hizo crecer exponencialmente el deseo de Alejandra. Quería follárselo ya —eso le dijo con voz entrecortada—. Empujo a Charly hacia la cama con ademán de poder. Mientras le bajaba los pantalones, bromeó con que era su jefa y él estaba a su servicio. ¡Un 7 por 24 con todo incluido en el sueldo! Eso la ponía —le susurró al oído—. Se desnudaron mutuamente. Charly la abrazó y acarició su pecho primero, succionándolo luego sin darse un respiro. En un momento volvía a estar al borde del colapso. Alejandra lo empujo contra la cama y él se dejó caer. Ella se subió encima y, como quien monta a caballo, lo rodeó con las piernas y se hundió en su pelvis. Él la apretaba contra sí con fuerza mientras ella subía y bajaba jadeando estrepitosamente. En menos de un minuto, Alejandra avisó de que iba a correrse y brincó sin control hasta desfallecer y caer agotada sobre Charly.

¡Casi me parte la polla! —pensó él—, al tiempo que descubría cierto placer en el dolor. El soldadito se le había bloqueado temporalmente. Tenía la impresión de que iba a estallarle. Alejandra besaba su entorno reiteradamente con la lentitud de la extenuación. No acababa de arrancar con la succión que él ansiaba. Y sin pensárselo dos veces, Charly le dio la vuelta con brusquedad y la puso de rodillas sobre la cama, tirando hacia arriba con fuerza de su cintura. Se quitó el condón y la penetró sin preámbulos. Alejandra le dijo que parase, pero él continuó embistiéndole con fuerza sin que aquello pareciera tener fin. Jadeante, Charly le susurraba que un poco de dolor estaba muy bien. Sus movimientos pélvicos aumentaban vertiginosamente, ignorando las quejas de ella. Así hasta eyacular por completo dentro de Alejandra sin dejar de acariciarle el clítoris hasta que ella se derrumbó con un segundo orgasmo. Había dado con su punto G —bromeó Charly después— y empezó de nuevo sin que ella se resistiera.

UN AÑO DESPUÉS

No te sientas culpable de nada. Los culpables son los otros

 Por Charly García G.

 

No acabo de creerme que Alejandra ya no esté a mi lado. Me cuesta estar en casa sin ella. Después de un rato, el silencio me resuena en los oídos como si fuera a rompérmelos. Y Bimbo, pobre Bimbo, ¡lo echo tanto de menos!

Trato de imaginar quién vivirá ahora en aquel loft. No queda nada de nosotros allí. Los tres nos hemos ido. Cada uno a donde debía estar. Nacemos y morimos solos. Es desolador pero quizá lo es más aún vivir con los recuerdos de los que no te puedes desprender. Esas imágenes muertas que persisten en la memoria y que, tal vez, en algún momento terminarán por desvanecerse, sin que pueda hacer nada por evitarlo. Es como querer y no querer olvidar al mismo tiempo.

Mi nueva casa me resulta fría sin ellos. No resuenan sus voces ni sus ladridos. No hay vestigio de su presencia, nada huele a ellos, nunca estuvieron aquí. Fuimos tan felices que mi corazón no soporta haberla perdido. ¡Es tan corto el amor y tan largo el olvido! Aunque dicho por mí parezca cursi, esos versos en Neruda sonaban a desgarro profundo. A diferencia de él, yo si la quiero aún, tanto como la quise antes, y creo que me enloquecería de nuevo, si volviera  a mi vida. Algo imposible, sin duda, y no precisamente por lo que decía mi padre, a propósito de que nunca segundas partes fueron buenas, sino porque sencillamente no puede ser.

La última noche que estuvimos juntos nada sucedió como yo hubiera querido. Alejandra se alteró más de la cuenta sin motivo real. Algo frecuente en los últimos tiempos. En realidad era yo quien tenía sobradas razones para estar molesto con ella. Probablemente, mucho más que molesto. Alejandra me hizo daño a sabiendas. Tenía que elegir entre sus intereses y lo míos, y prevalecieron los suyos. Le importaba poco cómo pudiera sentirme. Según ella, yo debía estarle agradecido por todo. Antes de conocerla, no tenía más que “una puta beca” y vivía “en el culo de Madrid”. Eso me espetó la última noche, después de haberle preparado una cena estupenda y abrir una botella de vino que me había costado casi cien euros. Sí, un Valbuena 5º Vega Sicilia. Lo compré porque a ella le gustaba. Era una cena para celebrar que por fin había conseguido un ascenso. Ya no era solo el informático del grupo liberal en el Congreso, y eso le sentó fatal. No lo entiendo, pero así de extraños somos los humanos.

Además, yo no había conseguido el trabajo inicialmente por ella, sino porque mi padre me recomendó a Carmen Solís. Alejandra se limitó a hacerme una estúpida entrevista para cubrir el expediente. Carmen Solís ya había decidido contratarme. Y... la verdad, no entiendo cómo podía ser la directora de comunicaciones de Carmen. El puesto le venía grande. Sin duda hay gente con suerte y Alejandra la tenía. El cargo estaba por encima de su nivel de competencia —El Principio de Peter que tanto citaba mi padre—. Pero bueno, a pesar de todo, no le guardo rencor por lo que me hizo. Eso sí, del mismo modo que la sigo queriendo, no puedo olvidar nada de lo que pasó. Hay partes de la memoria que no se borran nunca. Desafortunadamente, su rostro se me empieza a desdibujar. Cada vez me cuesta más imaginarla con aquel cuerpazo de la primera noche. Me impresiona lo mucho que se puede llegar a cambiar en poco tiempo.

More next week…

La semana que viene, más…


Sobre esta noticia

Autor:
Charly García G. (10 noticias)
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Reportaje
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