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Cómo librarte de la mujer de tu vida (Secuencia 06)

21/06/2016 12:40 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Ten cuidado con lo que deseas porque puede convertirse en realidad

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Por E.J. Lopson

 

Desde que conoció a Alejandra, Charly no dejaba de imaginar todas las formas posibles de encontrársela fuera de la oficina. Lo que Alejandra diría, haría, pensaría… Y cuando por fin su sueño se hizo realidad, comprobó que era lo peor que podía haberle pasado.

Alejandra daba la impresión de estar muy animada bailando con aquel tipo que para Charly representaba lo más detestable de su nuevo trabajo. Un político de su misma edad, pijo, chulo y engreído que, además, le estaba buitreando a la mujer de su vida. Para Charly, esa clase de tipos era despreciable. Tenía el puesto que a él le hubiera gustado tener, el coche, la ropa, la pasta. Alfonso de Duero era el triunfador que a Charly le hubiera gustado ser. Y encima tenía a Alejandra comiendo de su mano o, lo que es lo mismo, bailando para él. El muy capullo —pensó— probablemente acabaría tirándosela esa noche, suponiendo que no lo hubiera hecho ya. Pero no, seguro que aún no lo había conseguido. Charly se aferró a esa hipótesis con el argumento de que no había entre ellos la física que genera el haber follado alguna vez. En sus movimientos corporales no se apreciaba ningún contacto anterior de tipo profundo. En cambio, sí se percibía cierta química entre ellos que preludiaba lo que podría ocurrir en cuanto salieran de allí. ¡Gabana no era un sitio para montárselo en los servicios! Ni ella, chica del aquí y ahora, aunque probablemente eso hubiera puesto muy cachondo a su acompañante.

Alfonso de Duero era… ¡un capullo integral! Charly tenía olfato para detectarlos. Por eso no dejaba de pensar que acabaría acostándose con ella sin que él pudiera evitarlo. Se sentía tan impotente que le daban ganas de marcharse. La sola idea de imaginar a Alejandra saliendo de allí con el otro le resultaba insoportable. Intentaba no mirarla, pero sus ojos no le obedecían. Atraídos fatalmente por ella, miraban una y otra vez sin poder parar. Sufría en cada segundo una especie de infarto, solo de pensar que Alfonso le pusiera la mano encima y, peor aún, que ella se dejara. Por suerte, Alejandra mantenía cierta distancia con su acompañante, que impedía cualquier promiscuidad corporal entre ellos.

Por un momento, Charly tuvo la impresión de que Alejandra coqueteaba cada vez más con Alfonso. Como si lo hiciese a propósito para que él lo viera. Pero… ¿por qué iba ella a querer darle en las narices con el otro? La respuesta era fácil —pensó Charly— las tías son sexualmente perversas. Disfrutan haciendo daño a quien las quiere de verdad. ¡No se merecen que se dedique un segundo a sufrir por ellas!

Charly pensaba todo lo imaginable en contra de Alejandra, y también a favor. Cabía la posibilidad de que aquel tipo la estuviera utilizando. Incluso que lo de enrollarse con ella fuera solo una maniobra para conseguir información sobre su jefa parlamentaria, Carmen Solís. Alejandra era una persona confiada. Seguro que no caía en la cuenta de que Alfon —como lo llamaban sus colegas— no era más que un gilipollas sin escrúpulos, y ella estaba cayendo en su red ingenuamente. ¡Ese tío era un trepa!

Y es que para Charly, Alfonso de Duero carecía de cualquier mérito incluso para vivir. Había conseguido que Carmen Solís lo metiera en su lista. Tal vez porque él tuvo el detalle de meterse primero en su cama. Y gracias a eso y a la gente que votó al partido liberal más de lo que Carmen llegó a imaginar, Alfonso consiguió salir como diputado electo por Madrid.

Pero Alfonso tenía sus inconvenientes. Era la mano derecha de uno de los cofundadores del partido liberal, enemigo de Carmen Solís. Por los pasillos del Congreso se rumoreaba que el ambicioso Alfonso iba a por el sillón de Carmen. Y en ese contexto, le venía de miedo intimar con Alejandra. No solo era la directora de comunicación de Carmen, sino también su asesora y su pañuelo de lágrimas y alegrías. A la fuerza tenía que conocer sus debilidades y fortalezas. Algo que le sería muy útil en su carrera por desbancarla de la presidencia del PLR. Según él, Carmen no podía pilotar el cambio y la regeneración política que prometía el partido liberal, porque llevaba demasiados años en la brecha. Carmen venía del partido conservador. Algo poco fiable, además de que personalmente tampoco reunía las condiciones para ser el icono en la nueva política. Le sobraban años, según Alfonso, que con treinta y dos se veía un crack de futuro.

El hecho de pensar que Alejandra era solo un instrumento para Alfonso tranquilizaba un poco a Charly. Ese tipo no iba en serio, pero en cualquier caso tenía pensado tirársela. Solo de imaginarlos juntos Charly volvía a sentir el dolor agudo de la ansiedad en su cuello y en el pecho como si fuera a darle un infarto.

En ese estado de shock, notó que  alguien se apoyaba en sus hombros y a continuación lo besaba en la mejilla. Era su ex, la amiga incondicional que lo acompañaba aquella noche. Charly solía acudir a ella cuando necesitaba consejo de qué hacer en otras relaciones. Adriana era inusualmente rara. Se llevaba bien con un ex que la había dejado por otra. Charly tenía algo especial según ella. En el fondo acariciaba la idea de volver cuando él se convenciera de que estaban hechos el uno para el otro. Adriana era una chica optimista, paciente y segura de sí misma.

Alejandra Bru salía a menudo en la tele. Como directora de comunicación del PLR tenía notoriedad en los medios. Al verla en la pista con aquel pedazo de tío que estaba como un queso —según su punto de vista que en materia de chicos era más objetivo que el de Charly—, Adriana pensó que la mejor forma de ayudar a su ex era hacerle creer a Alejandra que estaban juntos. De ese modo Charly no se sentiría tan mal y, con un poco de suerte, acababan la noche en su casa. Seguro que él sabría agradecerle el gesto. El derecho a roce era lo único a lo que podía aspirar con Charly, al menos mientras estuviera cegado por Alejandra que, desde su perspectiva, no era más que una depredadora total. Aun así, le echó un cable al chico de su vida.

Mientras lo besaba en la mejilla, le dijo que le siguiera el  juego. Luego se le pegó a los labios y se sentó sobre sus rodillas, rodeándolo por el cuello, mientras le daba un beso profundo ante la sorpresa de Alejandra que los miraba sin parpadear. Visto desde fuera, parecía que fuesen a devorarse el uno al otro en aquel beso extremo que parecía no tener fin. Adriana apenas dejaba respirar a Charly, a la vez que le sugería que la acariciase por debajo del escaso vestido que llevaba. Él le sujetó la mano que iba directa a su entrepierna, y dijo abruptamente que parase ya. Como numerito era suficiente —añadió.

Pero la estrategia funcionó, y lo hizo más allá de lo previsto por Adriana. Desde ese momento de alta tensión entre los dos, Alejandra no les quitaba ojo de encima. Hasta Alfonso se dio cuenta. Ella dijo que estaba cansada de bailar y tiró de él en dirección a Charly. Sentía curiosidad por lo que hacían los asistentes fuera de servicio —bromeó Alejandra, refiriéndose a Charly—. Alfonso la siguió divertido. Él también se interesó por la acompañante del informático, una chica explosiva para un tío que se pasaba la vida delante de una pantalla de ordenador —bromeó también sin apartar la vista del escote de Adriana.

Charly no podía creerse que Alejandra se hubiera acercado hasta él. Antes de que entrara en escena Adriana, apenas había mostrado interés en su presencia. Salvo para darle celos o simplemente exhibirse ante él con aquel capullo —Charly siempre pensaba en Alfonso asignándole los peores calificativos—. Gracias a Adriana, se había invertido la tendencia. Ahora era Alejandra la que mostraba interés por él. Charly flotaba, mientras su ex se atribuyó el papel de anfitriona pidiendo copas para todos y respondiendo a las preguntas de Alejandra sobre su relación con Charly. Cuánto tiempo llevaban, cómo se conocieron.

Adriana le puso a sus respuestas un toque glamour. Habló de la casa de sus padres en Puerta de Hierro —un barrio súper pijo de Madrid—, de la fiesta en la que conoció a Charly, al que presentó como el hijo de un amigo de la familia. Un chico divertido, ingenioso, inteligente… Y todo sin que Charly hiciera otra cosa que asentir con una sonrisa de situación, mientras Adriana le cogía la mano sin parar de hablar.

En general, lo que dijo ella era cierto, salvo que el padre de Charly fuera amigo de la familia. Lo era solo de su madre, una de sus… buenas clientas del Corte Inglés. Charly lo acompañó a la fiesta porque no tenía otro plan y, en el fondo, le apetecía enrollarse con alguien de ese mundo. Acabó la noche follando con Adriana en la terraza de su cuarto bajo el cielo más rico de Madrid.

El muy capullo —pensó— probablemente acabaría tirándosela esa noche

La música dificultaba oír todo lo que se decía. Al cabo de un rato, la conversación se había polarizado entre Alejandra y Charly. Alfonso mantuvo alto el pabellón en asuntos triviales. Charly se dio cuenta de que no daba la talla en estrategias de comunicación política. Alfonso sabía que las batallas electorales se juegan en las redes sociales, pero poco más. Se limitó a repetir lo que había dicho un periodista sobre ese tema. Estiró el cuello, se aflojó la corbata y soltó que el cóctel de la tele y las redes sociales generaba una mezcla explosiva que podía convertir la información en algo viral e incontrolable.

Alfonso no sabía bien a qué se refería. De hecho estaba más interesado en la exuberancia de Adriana que en el asunto de las redes. Se la comía con los ojos. Eso pensó Alejandra y también la propia Adriana que acabó por entrar en el juego de Alfon, como acabó llamándolo al cabo de un rato. Alfon esto, Alfon lo otro. Y entre ambos surgió un corriente electrizante que elevaba la  temperatura de sus miradas, o algo así, pensó Charly que además advirtió el poco interés de Alejandra en su pareja de baile.

Se sintió bien por eso. Alejandra pasaba de aquel capullo estirado, al que se le había alterado el soldadito con la presencia de Adriana. Esa chica era estupenda —pensó Charly— le estaba salvando de la miseria en la que  se había hundido al verlos juntos en la pista casi dos horas antes.

Alejandra habló del equipo de comunicación tan estupendo con el que contaba en sede parlamentaria. Los asistentes encargados de gestionar las cuentas institucionales, que contestaban mensajes en distintas plataformas. Pero lo más valioso —insistió— era el grupo dedicado a la analítica de redes y también a coordinar distintas acciones a través de WhatsApp y Telegram.

Charly sonrió y le dijo, mirándola al fondo de los ojos, que una herramienta indispensable era el uso de los perfiles falsos en la organización de campañas de desprestigio a candidatos y a partidos contrarios. Algo muy útil para reventar sus intervenciones en programas de televisión y restarles protagonismo incendiando las redes con críticas y descalificaciones mientras los estaban entrevistando. Toda esa artillería pesada era la que el partido liberal debía desplegar en las redes sociales con mayor eficiencia de la que había tenido hasta entonces.

Alejandra se jactó de hacerlo y Charly le contestó que lo que en realidad hacían era un juego de críos, comparado con las tácticas del partido de izquierda popular, el PIP. Aseguró que sabía bien de qué hablaba. Por supuesto no le reveló que él formaba parte del PIP. Lo que sí aclaró fue que el secreto del PIP era contar con más de cuatrocientos voluntarios que no eran profesionales. Ellos utilizaban las redes sociales como lo hacían antes de estar en política. Una estrategia que les permitía conectar bien con los usuarios corrientes de las redes.

Ser naturales es la clave de la credibilidad —dijo ante la mirada atenta de Alejandra—. Lo que se profesionaliza, al igual que los políticos, huele a falso —afirmó Charly sin cortarse un pelo—, y eso no sirve para engañar a nadie —bromeó irónicamente—. Los políticos son unos mentirosos sin crédito, a menos que se haga pasar por gente corriente. El único problema para lograrlo —aclaró Charly— es ser para parecer.

Y para eso nada como tener un equipo de cientos de community managers desplegados por todo el país. Militantes y simpatizantes del partido que se dedicasen a la amplificación del mensaje político del PLR, y a la manipulación de las redes. Ese era el verdadero equipo con el que había que contar. Charly le insistió a Alejandra en que el núcleo de CMs —community managers—  que tenía en el Congreso debía ocuparse fundamentalmente de dirigir las acciones del grupo extenso repartido por todo el país. Pero claro —añadió—, de nada serviría eso sin contar con alguien que supiera cómo hacerlo. La clave estaba en diseñar la estrategia de comunicación que articulara la batería de acciones que habría que ejecutar en cada momento.

Sin decirlo abiertamente, Charly se estaba postulando para el empleo. Un puesto que no era para un simple asistente del grupo parlamentario, sino para un asesor con más rango dentro del equipo de comunicación que el de informático para todo y, por supuesto —pensaba Charly—, con más sueldo.

Alejandra tomaba nota mental de todo lo que decía. En cambio, Alfonso estaba ya en otra cosa. Se había sentado junto a Adriana y hablaban y se reían de asuntos a los que Charly y Alejandra no prestaban ninguna atención.

En algún momento Adriana dijo que se iba a casa. Charly respondió que sí, que en seguida, pero pasó otra media hora y ni caso. Al final, Alfonso dijo que él también estaba cansado, y se ofreció a llevar a Adriana. Ella aceptó a la primera, y a sus respectivos acompañantes les pareció bien.

En cuanto se fueron, Alejandra sintió alivio de que Adriana no fuese nada especial para Charly. Y una vez recuperada la seguridad de que él estaba por ella y nadie más, dijo que también estaba cansada. A Charly le faltó tiempo para ponerse de pie, abrocharse los dos botones de su única chaqueta y ofrecerse para llevarla a casa. Ella ni contestó, dando por hecho que no podía ser de otra manera.

Cuando llegaron al edificio donde vivía Alejandra, Charly consiguió aparcar enfrente mismo. ¡Menuda suerte! —exclamó—. Ella sonrió circunstancialmente y le dio las gracias por hacerle de taxista. Charly se quedó allí mientras cruzaba la calle y entraba en su portal.

Hasta que se cerró la puerta mantuvo la esperanza de que ella se diera la vuelta y le indicase que acudiera a su lado. Pero no fue así. Alejandra no se volvió ni para decirle adiós con la mano.

More next week…

La semana que viene, más…


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Autor:
Charly García G. (10 noticias)
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