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AUTOAYUDA: Cómo librarte de la mujer de tu vida (Secuencia 04)

09/06/2016 14:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Tarde o temprano, todos te acabaran decepcionando, pero tranquilo, tú también los decepcionarás

Enlace a la Secuencia 03

  Por E.J. Lopson

Esa frase era de su padre, aunque seguramente se le ocurrió a otro. Había algo en él de filósofo malogrado entre la sección de lencería y la de Prêt-à-Porter del Corte Inglés. A Charly le recordaba las frases del maestro de Kung-Fu en Karate Kid. Pero de alguna manera compartía la reflexión de su padre, al menos en los días de pesimismo extremo. En ellos Charly pasaba de la euforia durante la que pensaba que todo le saldría de puta madre —como decía literalmente—, a los momentos de depresión extrema donde todo era oscuridad. En palabras suyas, “una mierda interminable”.

Al encontrarse de nuevo con Alejandra, tras un largo fin de semana dominado por la incertidumbre, su cerebro empezó a flotar entre las endorfinas que su torrente sanguíneo liberaba como si no fueran a agotarse nunca. Y entonces apareció aquel tipo tan inoportunamente.  Sus ojos cargados de sorpresa se clavaron en los de Charly. Alejandra ignoraba la causa, pero no tuvo dudas de que ya se conocían y algo raro fluía entre ellos. Su interlocutor —el portavoz  del Partido Izquierda Popular, el PIP—  daba la impresión de estar atónito viendo a Charly en aquel despacho. Alejandra acababa de presentárselo como el asistente informático de su grupo parlamentario.

Por su parte, Charly mantuvo sus ojos clavados en el portavoz del PIP durante unos segundos interminables, como si tratara de comunicarse con él sin palabras, a pesar de que el otro mostraba indicios de empezar a hablar sin que nada pudiera detenerlo.

En ese instante, Charly tuvo la impresión de que todo el mundo en aquella oficina estaba pendiente de ellos. Notó como si el ambiente se hubiera cargado de tensión y estuviera a punto de estallar. En fin, todas esas cosas que pasan por la cabeza en un segundo sin que se pueda predecir qué ocurrirá, pero con el cerebro preparado para lo peor.

Desde fuera, solo se apreciaba la mirada fría de Charly que producía cierta inquietud en Alejandra. Apenas sabía nada de él. Lo que figuraba en su currículum y poco más. Antes de entrevistarlo, Alejandra hizo una búsqueda en Google para ver qué encontraba, pero Charly no tenía presencia en Internet. Alejandra no se extrañó demasiado, considerando que trabajaba en seguridad informática, según ponía en su currículum. Dejar mucho rastro de actividad en la Web suele estar reñido con la seguridad. Aunque no era eso exactamente lo que sucedía con Charly. Su falta de presencia en Internet obedecía a que el propio Charly había limpiado todo rastro de su vida. No le interesaba un pasado al alcance de cualquiera en la Red. Era contraproducente para alguien que ejercía el activismo político en la sombra. Charly operaba con perfiles falsos en las redes sociales. Se movía bajo la piel de usuarios inventados para actuar con impunidad. Formaba parte del ejército de trolls temidos por periodistas y políticos de ideas distintas a las suyas.

Pero antes de seguir con lo que pasó aquella mañana en la planta del Congreso, conviene contar algunas cosas de Charly que ayuden a entender algo más de su historia.

Una infancia infeliz no es el mejor aliado para convertirse en un adulto seguro de sí mismo —pensaba Charly—. Sin embargo, una psicóloga amiga suya opinaba que ese no era su caso. Ella lo conocía bastante.  Impartía una asignatura cuatrimestral sobre terapia de conducta en la infancia y mantenía una relación con Charly.

Charly solía quejarse de su mala suerte en la niñez hasta que ella se cansó de oírlo y lo llamó “tarado” cariñosamente. Luego le aseguró que él no era ninguna víctima de la “boluda” de su madre.

—El único trauma que tenés vos sos vos mismo,  ¡querido!

La psicóloga argumentó su teoría afirmando que él, como tantos, había desarrollado un mecanismo de autoprotección ante la pérdida de su madre. Según ella, eso le había permitido seguir con su vida. Mencionó que ese mecanismo de defensa era la resiliencia.

¡Menudo palabro! —bromeó Charly—, e inmediatamente ella aclaró que la resiliencia era algo así como la capacidad de una persona para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores vividos en la infancia. ¡Él era un pelotudo con suerte!  —concluyó ella.

La psicóloga era argentina y tenía veinte años más que Charly. Cortó con él pocos meses después, cuando Charly le confesó que se había estado tirando a una colega suya de Facultad con veinte años menos que ella. La psicóloga perdió los papeles y estalló en exabruptos contra él.

—¡Sos un mentiroso, un boludo, pajero, pelotudo, conchudo, tarado de mieeeerda!” —concluyó, mientras le tiraba por la ventana toda su ropa.

Charly cogió el portátil antes de que lo hiciera volar por los aires, y decidió lo más rápido posible. Mientras salía del apartamento, ella le lanzó todo lo que encontró a mano, incluida una botella de vino que le impactó en la espalda y, al chocar contra el suelo, se hizo añicos, salpicando de tinto el vaquero y los zapatos. Charly echó a correr escaleras abajo por lo que pudiera seguir arrojándole aquella psicóloga fuera de control.

A pesar de lo que ella pensara, él sabía que su vida habría sido bien distinta si su madre hubiera peleado por su custodia, en vez de aceptar la decisión del juez sin que su abogado pusiera ninguna objeción. ¡Le faltó tiempo para entregarlo a su padre sin más!

Charly no tenía recuerdos directos de todo aquello. Su padre se lo contaba cada vez de manera distinta. Así que no había forma de saber qué pasó exactamente. Como le sucedía con tantas otras cosas, Charly tenía de aquella época un conocimiento solo aproximado.

Charly se sintió atraído por ella fatalmente. Lo normal es que ningún tío se coma el cerebro tratando de averiguar por qué le gusta una chica

Después de que su madre los dejara, llegó a pasar con ella un par de veranos y dos navidades. Justo hasta que se casó con su segundo marido y nació su también segundo hijo varón. Desde entonces, la relación con su madre y con sus abuelos maternos se fue diluyendo. Primero por teléfono, luego por correo electrónico y muy de tarde en tarde desde que apareció WhatsApp.

Pese a la distancia, su padre mantenía el contacto con ella. Le contaba cómo iba Charly en el colegio, sus enfermedades, sus éxitos en el equipo de baloncesto del Instituto. Y cuando por fin el chico terminó el Bachillerato con un aprobado raspado en Selectividad, su padre le propuso a su ex pagarle la carrera entre los dos.

Charly fantaseaba entre sus colegas con que iría a Oxford o al Tecnológico de Massachusetts. Una de esas mentiras que contaba sobre sí mismo y que él acaba creyéndose, hasta tal punto que lo daba por cierto. Por eso concluyó que el único impedimento para lograrlo fue el dinero.

Lo cierto es que Charly no tuvo ningún problema económico para estudiar donde hubiera podido. Su abuelo inglés estaba dispuesto a pagarle los estudios en cualquier universidad que lo admitieran. A fin de cuentas llevaba su sangre. El problema real fue su expediente académico. Charly tenía un “Aprobado” de nota media, que no le hubiera permitido entrar ni en la Complutense de Madrid. Afortunadamente, su padre tenía contactos allí, y no se trataba precisamente de ninguna de sus clientas del Corte Inglés. Le pidió el favor a un viejo camarada de manifestaciones, de esas en las que corrían juntos delante de los grises en los años 70. El tipo era vicerrector y no tuvo valor para negarse. El padre de Charly solía avisarlo de los chollos en las rebajas. Con su sueldo de funcionario era difícil llevar trajes de Hugo Boss. El padre de Charly le daba soplos por WhatsApp .

—Por los viejos tiempos —dijo—,  pero ni se te ocurra pedirme que además lo aprueben —bromeó muy en serio.

Charly tardó ocho años en terminar la carrera, aunque esa anécdota académica no la incluyó en el  currículum que llegó a manos de Alejandra Bru. Cuando ella se sorprendió de que siendo ingeniero y con dos másteres no estuviera en Google o Facebook, Charly argumentó que no había tenido suerte en la vida.

A menudo pensaba en su hermanastro inglés. Él sí que había nacido con estrella. Charly no podía evitar sentir envidia. Su hermanastro no vivía precisamente en una Vallecas British, sino en el barrio londinense de Mayfair. Y por supuesto, él sí pudo estudiar en Oxford, y trabajar luego en el centro financiero de Londres. Su padre era banquero. A Charly le hubiera gustado ser hijo del segundo marido de su madre. ¡Pero la vida es como es!

Cuando fue a la entrevista de trabajo y se encontró con Alejandra, pensó que era idéntica a su madre. ¡Guapa, elegante, pija! Y se sintió atraído por ella fatalmente.  Claro que la fatalidad vino después. Lo normal es que ningún tío se coma el cerebro tratando de averiguar por qué le gusta una chica. ¡Le gusta y punto! Y en lo único que piensa es en follársela, según las reflexiones del padre de Charly.

Pero, como afirmaba su ex novia argentina, Charly no era consciente de que quienes viven malas relaciones afectivas acumulan grandes concentración de dopamina. Se vuelven adictos al amor y, si no son correspondidos como desean, tienen conductas agresivas con la otra persona. Charly nunca hizo caso de lo que decía su psicóloga. Le gustaba porque casi tenía la edad de su madre y le resultaba excitante engañarla con otras. Una especie de venganza de la que él no era consciente, ni la psicóloga argentina tampoco, hasta que se enteró de que Charly le había puesto los cuernos con medio Campus.

Así que, cuando aquella mañana su mirada se cruzó con la del interlocutor de Alejandra y el otro estaba a punto de decir algo que a Charly le hubiera hecho perder el trabajo y, lo peor, haber puesto fin a su fantasía de enamorar a Alejandra,   Charly se adelantó y dijo con naturalidad:

—Lo que es la vida, ¿quién me iba a decir que hoy me encontraría aquí con un viejo amigo de la infancia?

El otro se quedó perplejo. Había conocido a Charly en la manifestación del 15M y, desde luego —pensó— que no lo conocía lo bastante como para prever lo cínico que era el tío. Se preguntaba qué diablos hacía allí trabajando para el Partido Liberal. ¡Nada menos que iba a ocuparse de su seguridad informática! ¿Era un infiltrado que iba a reventarles el partido? ¿Iría ese cabrón a hackearles toda la información?  No tenía respuestas, pero el tipo decidió seguirle la corriente hasta pillarlo a solas.

Alejandra captó en seguida que sucedía algo raro. Cuando el otro se marchó, Charly la tranquilizó aclarando que ese tío era un capullo al que hacía mil años que no veía. Seguro que seguía teniéndole envidia —dijo—. Luego añadió que no le extrañaría que acabara hablándole mal de él. En el colegio siempre lo hacía con las profesoras.

Alejandra recordó que ella también tuvo un caso así con una compañera de clase. Eso le permitió restarle importancia al asunto y olvidarlo durante algún tiempo.

 

More next week…

La semana que viene, más…


Sobre esta noticia

Autor:
Charly García G. (10 noticias)
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