Su padre era de origen polaco que comerciaba con productos para ferreterías. Albert Michelson nació en Strzelno, Polonia, 19 de diciembre de 1852. Llegó a Nueva York, con su familia en 1855. Luego se fueron a Nevada y posteriormente a San Francisco, donde se establecieron y prosperaron económicamente. Fue un estudiante brillante hasta su graduación, en 1873, en la Academia Naval Norteamericana de Anápolis. Transcurridos dos años prestando servicios en la Marina, el joven Albert fue llamado nuevamente a la Academia para hacerse cargo de la instrucción, y fue ahí donde se puso a trabajar en una tarea trascendental de la física que había sido abordada por él durante su último año de estudio. El poder determinar la exacta velocidad de la luz, ese era el problema.

Hasta esa época, se basaban en las investigaciones del astrónomo danés Olaus Roemer, realizadas doscientos años antes. Este astrónomo, determinó de manera muy precaria, la primera medición de la velocidad de la luz observando las lunas de Júpiter. Las cuatro lunas brillantes y veloces del gigante planeta que se eclipsaban continuamente, es decir, prestando atención cuando cruzaban el espacio por detrás del planeta. Roemer las cronometraba.
Durante el año de 1676, cuando medía uno de estos fenómenos, descubrió que la luna giraba en torno al planeta cada 42 horas, 27 minutos con 30 segundos, pero al pasar de las noches, daba la impresión que los eclipses eran cada vez mas largos. Seis meses después, el astrónomo concluyó que la brillante luna había sufrido un retraso de 22 minutos.

No podía explicarlo, pero sus pensamientos lo llevaron a razonar en algo muy fundamental. Al comenzar las observaciones, Júpiter y nuestro planeta estaban en la posición mas cercana, pero al trasladarse la Tierra, mas rápidamente, y en una órbita también mas pequeña, ya estaba al otro lado del Sol a los seis meses, alejándose del gigante planeta un millón quinientos mil kilómetros diariamente.
Desde la antigüedad se suponía que la luz era algo instantáneo, pero en ese instante, Roemer no solo comprendió que la luz tiene que viajar a una velocidad determinada, sino que además, podía medirse esa velocidad. Entonces calculó que la luz de la brillante luna había tenido que viajar 299 millones de kilómetros mas que al comienzo, cuando comenzaron sus observaciones, lo que venía a significar el retraso que el detectaba en su punto de observación. Ahora tenía que dividir el aumento de la distancia de Júpiter a la Tierra, considerando el retraso de la eclipsada luna, y el resultado sería la velocidad de la luz. Su resultado fue una cifra próxima de 222.000 kilómetros por segundo. Cifra que era menor en 77.000 kilómetros por segundo.
La investigación hizo historia cuando Albert tenía solo 26 años de edad, y fue reconocido como uno de los grandes sabios norteamericanos

Albert Michelson, en 1877, con un presupuesto mínimo, se dio a la tarea de experimentar y modernizar los datos. Comenzó trabajando con lámparas, espejos y lentes a 150 metros de separación uno del otro. Un espejo estaba fijo mientras que el otro giraba sobre un eje a 130 revoluciones por minuto. La máquina construida era una perfección del que había utilizado anteriormente el francés Jean Foucault.
Su experimento le permitió calcular la velocidad de la luz con una precisión no lograda hasta entonces. Repitió diez veces su experiencia y en 1879 se presentó en una reunión de la Asociación Norteamericana para el Progreso de la Ciencia en St. Louis, donde reveló, ante un gran auditorio, su nuevo resultado con la medición de la velocidad de la luz en el aire. La cifra fue: 300.155 kilómetros por segundo.
La investigación hizo historia cuando Albert tenía solo 26 años de edad, y fue reconocido como uno de los grandes sabios norteamericanos. La medición que logró establecer fue corregida, dos veces más, en 1882 y 1927, con mayor exactitud, y quien las realizó fue él mismo.
En el año 1929 Albert Michelson era decano de la ciencia. Recibió el Premio Nobel de Física en 1907 “por los métodos que descubrió para lograr medidas exactas”, y con todos los honores que alcanzó nunca dejo el trabajo. Sus emprendimientos eran siempre constantes, y constantemente buscó perfeccionar la técnica para medir la velocidad de la luz.

Mientras buscaba la forma de determinar esa velocidad en un reflejo de ida y vuelta dentro de un tubo de vacío de 1500 metros de longitud, lo sorprendió la muerte en 1931, a los 79 años.